Homilía de navidad ¡Dios está en el pesebre!

Hoy nuestra mirada se fija en el pesebre y en el misterio de Dios
hecho hombre. Los invito a que nos detengamos en el humilde portal de Belén porque allí nos habla la ternura de Dios; porque allí resplandece la misericordia del Señor que se ha hecho carne; porque allí nos busca Jesús para darnos su amor que todo lo hace nuevo. ¡Dios está en el pesebre! El Creador que tiene todo en sus manos, del que todos nosotros dependemos, nace en la más absoluta pobreza, y se hace pequeño y necesitado del amor humano.
«Dios se ha hecho niño».
Dios se ha hecho niño, es decir, un ser que entra en el mundo con lágrimas, cuyo primer sonido es un grito de ayuda, cuyos primeros gestos son sus manitas extendidas hacia nosotros buscando seguridad, buscando nuestra acogida. El Niño Dios busca nuestros brazos, busca el calor de nuestro corazón. ¿Para qué? Para que nosotros podamos estar juntos con Él, y así podamos recibir el calor de vida de Quien es la Verdad y el Amor encarnados. Preguntémonos: ¿Me dejo alcanzar por
Jesús? ¿Me dejo estrechar y abrazar por Él? O le impido que se acerque a mí. Hermanos, en esta Nochebuena dejémonos encontrar por el Divino Niño de Belén, dejemos que su amor nos acaricie y nos cure. El pesebre nos recuerda que Dios por su gran misericordia ha descendido a la tierra para quedarse con nosotros.
2 Ya no estamos solos, desamparados, sometidos a la desgracia de nuestro pecado. Dios camina con nosotros y por eso siempre en la vida hay esperanza, aún en los momentos más difíciles; siempre hay razones
para estar alegres a pesar del dolor y la prueba que podamos vivir.
«Dios se ha hecho niño indefenso».
Dios se ha hecho niño indefenso para enseñarnos que lo que
verdaderamente da sentido a nuestra vida es el amor, y que por tanto nunca es más grande el ser humano que cuando se abaja, que cuando se inclina, que cuando se hace servidor de los demás. Jesús no se ha limitado a encarnarse o a dedicarnos un poco de su tiempo, sino que ha venido a darse totalmente por amor a nosotros, a compartir toda nuestra vida, con sus alegrías y dolores. Por ello que el misterio de Navidad nos impulse a ponernos al servicio de los demás siguiendo el ejemplo de
Jesús que vino, “no a ser servido sino a servir y para dar su vida en rescate por muchos” (ver Mt 20, 28)

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